Notas desde 2026
Recién me dio curiosidad releer este artículo de 2009 para ver qué tan bien —o mal— ha sobrevivido. Es un ejercicio muy interesante.
Algunas expresiones que antes eran comunes, y que yo mismo usaba de manera bastante casual, hoy suenan demasiado tajantes. Sin embargo, la historia en esencia sigue siendo la misma.
Lo que permanece es algo fascinante: el proceso evolutivo es mucho menos limpio de lo que solemos imaginar. La información se conserva, a veces se degrada, pero en otras ocasiones se recicla de formas inesperadas.
Dejo aquí el artículo original, acompañado de una actualización.
Cuando Watson y Crick descifraron la estructura del ADN, posiblemente lo último que esperaban era una historia llena de dramas. El código genético parecía algo abstracto, limpio, casi como un programa de computadora. La primera gran sorpresa fue descubrir que está lleno de errores. Durante los años 80 se acuñó el término “ADN basura” para referirse a regiones que parecían no tener función, y que podrían representar hasta el 90% de nuestro genoma. La investigación paciente de incontables científicos ayudó a esclarecer el origen de parte de ese ADN. Descubrieron que muchas de esas secuencias eran virus que infectaron a nuestros ancestros hace millones de años y cuyos restos siguen con nosotros, confirmando de forma sorprendente la evolución.
Pero también existe otro tipo de ADN inactivo: los genes muertos. Genes que dejaron de funcionar, ya sea por mutaciones, ataques virales o fenómenos aún más extraños. Uno de estos dramas genéticos acaba de ser desentrañado: la historia del gen IRGM, que murió —es decir, se desactivó—, prácticamente desapareció… y luego resucitó.
¿Qué es el gen IRGM?
En la biblioteca genética leemos que su nombre significa “immunity-related GTPase family, M”, lo que, admitámoslo, no aclara demasiado. Pero, en resumen, el gen IRGM provee instrucciones para fabricar una proteína relacionada con el sistema inmunológico, encargada de rodear y destruir invasores extraños como las micobacterias, responsables de enfermedades como la tuberculosis.
Este gen está presente en casi todos los mamíferos, lo que sugiere un origen muy antiguo. De hecho, suele haber tres copias ligeramente distintas (parálogos) agrupadas en un “clúster” genético. Pero hace 50 millones de años ocurrió una tragedia en el linaje de los simios: esta trinidad genética fue casi eliminada, dejando solo una copia. Y luego, para colmo, un gen parásito llamado Alu se insertó justo en medio del IRGM, dejándolo inútil. El gen estaba muerto. Durante 25 millones de años, el IRGM permaneció inactivo… hasta que ocurrió algo extraordinario.
Un retrovirus infectó a uno de nuestros ancestros y, por una increíble coincidencia, se insertó justo donde el Alu había causado el daño, reemplazando el fragmento defectuoso por una secuencia funcional. Resultado: el gen volvió a activarse. Esta historia fue reconstruida al comparar genomas de distintas especies y ubicarlos dentro del árbol evolutivo.
El desciframiento
Esta historia fue desentrañada por Cemalettin Bekpen. 
Bekpen analizó el genoma de una amplia gama de mamíferos. Encontró que especies como perros, ratones y ballenas tienen tres copias activas del IRGM. Incluso dos especies de lémures las conservan. Sin embargo, todos los monos (incluidos nosotros) solo tienen una, muchas veces inactiva, un “pseudogén” sin capacidad de producir proteínas funcionales.
El culpable fue el Alu: una secuencia parasitaria que representa más del 11% de nuestro genoma. Aunque inútiles por sí mismas, las Alu aceleran las mutaciones. A veces, ese caos da lugar a ventajas. Por ejemplo, una secuencia Alu duplicó en el pasado un gen relacionado con la visión del color, dándonos la capacidad de ver tres colores primarios. Algunas mujeres incluso tienen cuatro copias, con una visión del color superior.
Bekpen descubrió que en 15 especies de monos —de marmosetas a babuinos— el IRGM está muerto. Todos comparten la misma mutación, lo que sitúa el evento hace unos 40 millones de años. Pero al investigar en humanos y grandes simios encontró que el gen estaba de nuevo activo. El responsable de esta “resurrección” fue un retrovirus endógeno, que reinsertó una secuencia funcional y activó el gen dañado.
Hoy, ese gen restaurado produce proteínas que se encuentran en tejidos como el corazón, el cerebro, los riñones y los testículos. En algunas personas, mutaciones en el IRGM se han asociado con la enfermedad de Crohn, donde el sistema inmune ataca el intestino.
Referencia original: Bekpen C. et al. Death and resurrection of the human IRGM gene. PLoS Genetics, 2009. DOI: 10.1371/journal.pgen.1000403
Lecturas recomendadas
- A burst of DNA duplication in the ancestor of humans, chimps and gorillas
- One codon, two amino acids – the genetic code has a Shift key
- Space Invader DNA jumped across mammalian genomes
- Did a gene enhancer humanise our thumbs?
Actualización 2026
Desde la publicación de este hallazgo, el gen IRGM ha sido estudiado con más detalle. Hoy se sabe que su papel no se limita a la defensa frente a micobacterias: también participa en la autofagia, un mecanismo celular importante para eliminar patógenos intracelulares, reciclar componentes dañados y regular la inflamación.
Además, variantes del locus IRGM siguen asociándose sobre todo con la susceptibilidad a la enfermedad de Crohn y con ciertos aspectos de la respuesta inmune. La parte más llamativa de esta historia —la pérdida funcional del gen en el linaje de los primates antropoides y su posterior restauración regulatoria en humanos y grandes simios— sigue siendo uno de los ejemplos más fascinantes de cómo la evolución puede reutilizar incluso restos de antiguas infecciones virales.
Comentario editorial
Releer un texto así muchos años después también permite notar algo interesante: no solo cambian los descubrimientos, cambia la forma de hablar de ellos. Expresiones como “ADN basura”, “genes muertos” o incluso la idea de un genoma limpio y ordenado eran mucho más comunes hace algunos años. Hoy tendemos a usar un lenguaje más matizado.
Eso no significa que la historia original estuviera equivocada, sino que ahora entendemos mejor que el genoma es menos un programa perfectamente escrito y más un archivo antiguo, lleno de correcciones, duplicaciones, restos de infecciones, secuencias recicladas y accidentes evolutivos que a veces terminan siendo útiles.


